El telediario de TVE de mediodía de hoy me ha indignado
profundamente. Todos los niños que han salido en el reportaje han recibido todo
lo que habían pedido a los Reyes Magos, e incluso más; el mundo es perfecto y
todo es felicidad por doquier. No se han acordado para nada de los millones de
niños cuyos padres están en el paro o con graves dificultades y que sin duda no
habrán podido, muy a su pesar, regalarles lo que deseaban; por no hablar de los
niños sin hogar, etc. Me parece una muestra de desprecio por la realidad, de
falta de respeto y de sensibilidad, insoportable en un medio público.
Blog dedicado a promover los valores de la izquierda desde una perspectiva crítica (libertad, solidaridad, progreso, paz, justicia, igualdad de derechos y de oportunidades, derechos cívicos, racionalismo, laicismo, republicanismo, defensa de los intereses comunes y respeto a las minorías, defensa de los más débiles y protección de los más necesitados, y lucha contra la injusticia, la opresión y los privilegios) y a impulsar el debate por el fortalecimiento ideológico y la unidad de la izquierda.
La libertad guiando al pueblo (Eugène Delacroix, 1830. Museo del Louvre, París)
domingo, 6 de enero de 2013
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Las pérdidas del Estado en la banca pública
La operación de venta del Banco de Valencia a Caixabank ha
desatado mi más profunda indignación, y supongo que la de muchos ciudadanos.
Una seria advertencia, pues, para todos aquellos que desconfían de “los políticos” en general pero siguen defendiendo la existencia de una banca pública gestionada por estos mismos políticos, o por otros que no se diferenciarían en nada de los actuales en cuanto a incentivos, intereses y ignorancia, y que sin duda realizarían una gestión igualmente ineficiente, interesada y eventualmente corrupta.
Como es sabido, el Banco de Valencia estaba integrado en
el grupo Bancaja (después, Bankia), que era su accionista mayoritario; es
decir, formaba parte del sistema de banca pública, que fue objeto de una
desastrosa gestión de los políticos –en este caso, del PP valenciano– y que
como otras muchas cajas de ahorros del resto de España se vieron sometidas a
los intereses particulares y partidistas, y en muchos casos a prácticas
corruptas que están siendo objeto de investigación judicial.
Fruto de esta “gestión pública” –más bien, podríamos decir
“ingestión” o “indigestión”–, el banco tuvo que ser intervenido –es decir,
nacionalizado– por el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB, otra
instancia del Estado) en noviembre de 2011, mediante la inyección directa de
1.000 millones de euros en capital y otros 2.000 millones en forma de crédito.
Ahora, la operación de venta a Caixabank se materializa
mediante una ampliación de capital en el Banco de Valencia, suscrita por el
FROB, por valor de 4.500 millones, con carácter previo a la venta de su
participación mayoritaria en el banco por el valor simbólico de un euro.
Hablando claro, esto significa que el Estado, por medio del FROB, reconoce que
el Banco de Valencia no vale nada, que está en situación de quiebra y que los
5.500 millones de euros (4.500 actuales más los 1.000 inyectados anteriormente)
invertidos por el Estado en capital pierden todo su valor y se han esfumado:
sólo servían para intentar tapar el inmenso agujero producido por años de
gestión, cuanto menos, ineficiente; y ello, sin contar los 2.000 millones de
crédito, que será de dudosa recuperación. Además, el FROB (es decir, el Estado)
suscribe un esquema de protección de activos (EPA) mediante el cual cubrirá el
72,5% de las pérdidas que se produzcan en la cartera de activos del banco, con
lo cual la aportación final del Estado está aún por determinar.
Todo esto debe sumarse a las pérdidas registradas en una
operación similar que se realizó hace unos meses mediante la venta de la Caja
de Ahorros del Mediterráneo al Banco de Sabadell, también por un euro, que
costó al Estado 5.249 millones en capital perdido (2.800 en el momento de la
nacionalización más 2.449 antes de la venta), sin contar las pérdidas futuras
derivadas del correspondiente EPA. Es decir, las pérdidas efectivas y
realizadas del Estado en el sector de banca pública, sólo en estas dos
operaciones, ascienden, como mínimo, a 10.749 millones de euros, es decir, más
de un 1% del PIB, que deberá sumarse al déficit público de este año o, si la
contabilidad creativa lo permite, del que viene. ¿Quién se supone que paga toda
esta “fiesta”? Adivínenlo los lectores.
Es de destacar que no se trata de “ayudar o salvar a la
banca con dinero público”. Podrá ser discutible si el Estado debe “salvar” o no
a determinados bancos a fin de asegurar la estabilidad del sistema financiero,
y la opinión de los expertos está dividida en este punto. Pero lo que está
fuera de toda duda, porque lo confirma la realidad de los hechos, es que en
nuestro país la banca privada, sometida a los criterios y a la disciplina del
mercado, no ha necesitado hasta ahora la ayuda del Estado, sino que han sido
sus accionistas los que han asumido las minusvalías derivadas de los descensos
de cotización. Ha sido en el sector de las antiguas cajas de ahorro y entidades
sometidas a ellas (controladas por las comunidades autónomas y los
ayuntamientos, es decir, por instancias del Estado) donde se han concentrado la
gestión nefasta, los desaguisados y las corruptelas que han conducido al
desastre actual; y todo ello, con la connivencia del Banco de España, el
teórico regulador (también estatal, claro está). Es decir, no es que el Estado
haya “salvado a la banca”, sino que el Estado se ha salvado a sí mismo, o más
bien ha reconocido su ineptitud primero pasándose la patata caliente de unas
instancias estatales a otras y finalmente reconociendo sus pérdidas, mientras
unos consejeros nombrados a dedo por los partidos políticos y los sindicatos se
han repartido impunemente millones de euros procedentes de nuestros bolsillos.
Una seria advertencia, pues, para todos aquellos que desconfían de “los políticos” en general pero siguen defendiendo la existencia de una banca pública gestionada por estos mismos políticos, o por otros que no se diferenciarían en nada de los actuales en cuanto a incentivos, intereses y ignorancia, y que sin duda realizarían una gestión igualmente ineficiente, interesada y eventualmente corrupta.
viernes, 14 de septiembre de 2012
Cataluña: por la libertad y el entendimiento
En Barcelona se produjo el día 11 de septiembre una
movilización sin precedentes, que modifica las coordenadas políticas no
solamente de Cataluña, sino las de España en su conjunto. No tiene sentido
ignorarla ni intentar minimizarla con argumentos o justificaciones del tipo de
que muchos manifestantes no eran propiamente independentistas, que estaban allí
como protesta por la crisis, por el descontento con el fallo del Tribunal
Constitucional respecto al Estatuto, etc. Ello puede ser cierto: quizá sólo un
porcentaje indeterminado de los que asistieron a las movilizaciones, a la hora
de verdad, no votarían a favor de la independencia; pero no es menos cierto que
el lema de la convocatoria era inequívoco, y que la totalidad de los asistentes
sabían a lo que iban, y no se sienten incómodos, sino más bien complacientes,
con la idea de la independencia. Es necesario reconocer que, sean cuales sean
las causas, una base amplísima del espectro social del catalanismo se ha
desplazado claramente hacia posiciones independentistas; ya no se puede seguir
pensando que el independentismo es y será siempre una opción minoritaria. Y se
trata de una ola creciente.
Pero
quizá la locomotora que se puso en marcha el 11 de septiembre ya no pueda
detenerse. Quizá ya pasó el momento, y se desaprovechó la oportunidad histórica
de convivencia en un mismo estado. Si ello fuera así, contémplese la situación
sin dramatismo, sin pensar que se rompe una parte de cada uno; no quedaría otro
camino que el del sentido común (el seny)
y, de nuevo, el del entendimiento. Por una parte, Cataluña no puede declarar la
independencia de manera unilateral e ilegal, pues ello implicaría el rechazo
internacional y el aislamiento. Pero por la otra, España no tendría otra opción
que la de entrar en la vía de la negociación. En estos días también he oído
voces histéricas recordando la inconstitucionalidad de las pretensiones de los
catalanes, e incluso llamando a la intervención del ejército evocando su papel
garante de la “unidad territorial de la nación española”. Seamos sensatos; si
el pueblo catalán, o mañana el vasco o cualquier otro, reafirmase de manera
repetida e inequívoca, bien sea por medio de movilizaciones pacíficas, de
elecciones, de referéndum, etc., su voluntad de independencia, ¿alguien cree
realmente que iba a ser impedimento, a medio o largo plazo, una constitución o
un ejército?; ¿alguien en su sano juicio estaría dispuesto a iniciar una guerra
contra Cataluña, o quizá también y simultáneamente contra el País Vasco, bajo
el grito de “la maté porque era mía”?; ¿pero es que alguien cree que nos
encontramos en los tiempos de los tercios de Flandes? Lo lógico, y lo deseable,
sería que se actuase como en una ruptura de una pareja que desea separarse de
manera civilizada. Se entraría –deseo y quiero esperar– en una vía de diálogo y
negociación, donde los partidos españoles mayoritarios no tendrían más remedio
que aceptar la situación; se modificaría la Constitución allá donde hiciera
falta o incluso se sustituiría, y se negociarían, conjuntamente con las
instituciones europeas, los aspectos económicos del asunto (deuda externa, moneda,
etc.), de manera que la separación se realizase con los menores traumas
posibles. Lo contrario, sería caer en la locura y en el suicidio colectivo.
En primer lugar, debo expresar mi respeto hacia la opción
independentista, como hacia todas las opiniones que se expresen en libertad y
de manera pacífica, y mi defensa inequívoca del derecho de los pueblos a
decidir su futuro. Sin embargo, considero que en una época en que el futuro de
la construcción europea pasa por la cesión progresiva de la soberanía de los
estados existentes a una Europa fortalecida en un contexto de libertad,
democracia y paz, tiene poco sentido crear nuevos estados, que no serían otra
cosa que obstáculos y barreras a la convivencia. Siempre me he sentido, como
valenciano de padres castellanos y felizmente casado con una latinoamericana, partícipe
de los dos ámbitos culturales que conforman mi existencia: el ámbito catalán,
entendido en sentido amplio e integrador, como espacio cultural y lingüístico
abierto a todos los territorios que compartimos la misma lengua, por encima de
particularismos y denominaciones locales igualmente legítimas, y el español o
hispanoamericano, como una de las culturas más ricas del planeta). Desde muy
joven procuré aprender la lengua de mi país, y la cultivo y uso, junto a la mía
de origen, en cualquier tipo de situaciones. Considero igual de “míos” a Ausiàs
March, Cervantes, Salinas, Verdaguer, García Márquez, Lluís Llach, Javier
Marías, María del Mar Bonet, Màrius Torres, Pío Baroja o Estellés. Me siento
orgulloso de mi ciudadanía española, como expresión de un ámbito de convivencia
en libertad y solidaridad, y no tengo problemas para usar el término España para referirme a este ámbito de
convivencia o al estado que lo vertebra, aunque a veces uso también Estado español para no caer en
repeticiones léxicas. No obstante, no me gusta usar el término nación, porque tras varios años de
investigación y algunas publicaciones que ahora no suscribiría, no conseguí
hallar una definición satisfactoria para dicho término. No me considero
“nacionalista” porque creo que la pertenencia a un ámbito identitario no debe
ser exclusiva ni excluyente; en este sentido, recomiendo el libro de Amin
Maalouf que resumo en mi “Resum del llibre ‘Les identitats que maten. Per unamundialització que respecti la diversitat’”.
Por todo ello, considero que la opción de convivencia más
razonable, el “encaje” más adecuado entre Cataluña y el resto de España, es un
estado federal, que tan bien funciona en países como Suiza, Estados Unidos y
Alemania. Considero que el futuro de los pueblos pasa por superar las fronteras
existentes y no por crear otras nuevas.
Me preocupa, sin embargo, la postura del conjunto de los
españoles respecto al tema. Muchos, me gustaría decir que la mayoría, han
reaccionado ante la gran manifestación de Barcelona con sorpresa, admiración y
respeto. Otros han exhibido posturas más o menos destempladas. Después de
siglos ignorando o ocultando el problema catalán, o intentando barrerlo debajo
de la alfombra, muchos parecen haber despertado de su bello sueño de la “nación
española única e indivisible” y se han topado de bruces con la dura realidad.
Es curioso que ahora oigamos hablar de estado federal (como mal menor) a muchos
que nunca habían aceptado ni siquiera el estado de las autonomías.
Se plantea a los catalanes la acusación de “insolidarios”:
quieren –se dice– separarse porque son los más ricos y no desean aportar su
parte a las regiones españolas más desfavorecidas. Apuntaré de paso que la
postura oficial de Artur Mas, de reclamar el “pacto fiscal” y al mismo tiempo
apuntarse a la locomotora en marcha de la independencia, me parece
irresponsable y contradictoria; es como si en una pareja que está planificando
su presupuesto para comprar un piso, uno de ellos plantease la separación: ya
no tendría sentido comprar el piso. Sin embargo, debe recordarse que la
solidaridad es voluntaria; no puede ser impuesta. Entre otras cosas, porque si
se impone se convierte en un expolio que lastra la capacidad de desarrollo
propio de los receptores eternos de solidaridad. No es correcto que se piense
que “los catalanes, de las piedras hacen panes”, y al mismo tiempo que se
pretenda esquilmar parte de dichos panes sin preocuparse por desarrollar los
medios para fabricarlos por uno mismo.
No tiene sentido, en mi opinión, plantear argumentos como
que Cataluña independiente quedaría empobrecida, que quedaría fuera del euro,
etc. Es cierto que, en un primer momento, una Cataluña independiente quizá
perdiera parte de su cuota de mercado en el resto de España, o que algunas
grandes empresas con sede actual en Barcelona se trasladarían a Madrid. Pero no
voy a descubrir nada nuevo si recuerdo la tradición comercial e industrial de
Cataluña, y su capacidad de iniciativa para salir adelante. Y a nadie se le
puede ocultar la vocación europea de Cataluña; si así lo deseasen los
catalanes, una Cataluña independiente sería inmediatamente integrada en las
instituciones europeas e internacionales y en la moneda común, si es que no lo
estuviese ya desde el inicio por los acuerdos alcanzados.
Pero creo que el problema no es económico; se trata de un
problema fundamentalmente identitario. Es cierto que el nacionalismo, en mi
opinión, supone una exaltación, por encima de otras consideraciones, de un
concepto vago y difícil de definir como el de "nación", y que los
nacionalistas manejan una concepción esencialista y reduccionista de la
identidad como pertenencia exclusiva a una única comunidad, en este caso
nacional o lingüística, como excluyente de cualquier otra pertenencia,
haciéndolas incompatibles. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que responde a
una necesidad humana básica de autoidentificación y de pertenencia a una
colectividad. Y cuando esta autoidentificación se siente en peligro, como ha
sido históricamente en el caso catalán, surgen los conflictos, tal como
advierte Amin Maalouf en el libro citado.
Sin embargo, muchos españoles, en un ejercicio de mirar la
paja del ojo ajeno y no ver la viga en el propio, estigmatizan el nacionalismo
catalán olvidándose de que ellos mismos caen en el nacionalismo de tipo
contrario: el nacionalismo español excluyente. No me referiré aquí a los
agravios históricos –que los hay–, sino a actitudes que se manifiestan en
expresiones como la "unidad de la nación española, patria común e indivisible
de todos los españoles”, sin tener en cuenta y por encima de la voluntad de sus
miembros, la de “Cataluña es parte de España”, entendida como estructura eterna
y fosilizada, y no modificable opinen lo que opinen los catalanes o otros
pueblos hispanos, o en frases cavernícolas como el "háblame en
cristiano", "esto es España y aquí se habla el español", en la
supuesta "superioridad del español como lengua de España", etc., que
aún se oyen de vez en cuando en territorios del Estado con una lengua distinta
de la castellana. Es decir, en la negación permanente, miope y suicida de la
realidad catalana y de otros pueblos de España. Creo que, lamentablemente, en
el resto de España no se ha entendido ni se entiende a Cataluña ni a los
catalanes, ni tampoco a los vascos, y me atrevería a decir de paso que tampoco
a una parte de los valencianos. España no ha resuelto satisfactoriamente el
problema del plurilingüismo y de la existencia en su territorio de pueblos que
aspiran a una identidad propia y distinta de la que se les quiere adjudicar por
decreto o por "derecho de conquista".
Y la realidad, de la que no podemos huir, es que una parte
creciente, quizá ya mayoritaria, de catalanes –y vascos–, sea con motivos
objetivos o puramente subjetivos, se sienten agredidos respecto a su propia
identidad, sienten que España no les comprende ni les respeta, y opinan que la
única opción que les queda es la de “ser un país normal”, es decir, construir
un estado propio. Simplemente, hay muchos que han llegado al independentismo
por hartazgo, por “fatiga”, porque se sienten insatisfechos con y en el Estado
español. Por suerte, no tengo experiencia en divorcios, pero creo que cuando
alguien quiere separarse ambos miembros de la pareja suelen tener parte de
culpa, y desde luego no la tiene siempre el que promueve la separación. Y
cuando la armonía de la convivencia se rompe –si es que esta armonía existió
alguna vez–, de nada sirven los reproches.
Por ello, deben superarse las mentalidades exclusivistas
que han llevado a esta situación, y debe entrarse en una vía de entendimiento
que permita, de una vez por todas, un encaje satisfactorio entre Cataluña y
España, donde los catalanes puedan sentirse cómodos. Una opción, para mí
deseable como dije anteriormente, sería la del estado federal, un estado
plurinacional que reconociese el derecho de sus pueblos a considerarse una
“nación” (aunque ya dije que a mí no me gusta usar dicho término) y a decidir
su futuro, incluida la separación, y la igualdad efectiva de derechos de sus
ciudadanos a desarrollarse en su propia lengua y con su propia cultura.
Cámbiese la Constitución si es necesario, revísese lo que haya que revisar,
incluyendo el nombre oficial del Estado si hace falta, etc.; pero lléguese a un
acuerdo entre iguales; no entre territorios, sino entre ciudadanos con los
mismos derechos y deberes.
viernes, 31 de agosto de 2012
La enésima mentira del Gobierno de Rajoy
Rajoy y sus ministros se
hartaron de decir que no habría banco malo. Pues bien, ya tenemos banco malo.
Pero si parecía que ésta era la única solución para los activos tóxicos y se había
experimentado con éxito en otros países, ¿por qué se llenaron la boca a fuerza
de negarlo?; ¿por qué tardaron tanto tiempo en implementar la medida? Y, ¿quién
les va a creer ahora cuando dicen que no costará ni un euro al contribuyente?
viernes, 4 de mayo de 2012
Desarrollo, inversión internacional y expropiaciones: ¿a quién benefician o perjudican?
En los últimos días hemos presenciado dos actos de
nacionalización o expropiación de sendas filiales de empresas españolas en dos
países latinoamericanos. En ambos casos, los gobiernos respectivos las realizan
“en nombre del pueblo”, “con el objetivo de controlar los recursos naturales”,
“los sectores estratégicos”, “los servicios básicos”, etc. Sin entrar en
detalles sobre cada caso concreto, sobre las consecuencias para las empresas
matrices de las nacionalizadas ni sobre la justeza o no de las compensaciones
económicas que puedan derivarse, mi objetivo en esta entrada es el de analizar
las consecuencias de dichos actos para los pueblos de los propios países en
cuestión: ¿les benefician o les perjudican?
Por encima de la demagogia, éstas son las consecuencias reales de los actos populistas de expropiación o nacionalización. Las personas que, desde los valores de la izquierda, nos sentimos sensibles y solidarios con el progreso humano y el desarrollo de los pueblos no deberíamos ignorarlas.
En primer lugar, debemos recordar algunas cuestiones
elementales. Es necesario comprender que el nivel de riqueza, de bienestar y de
progreso económico de un país depende de la cantidad y calidad de los bienes de
capital existentes en dicho país, es decir, de la densidad y la eficiencia de
su tejido industrial, de sus fábricas, de sus infraestructuras, de sus medios
de comunicación, etc.; no debemos olvidar incluir también el capital humano: la
calidad de la enseñanza, el nivel de los conocimientos tecnológicos, etc. Es
evidente que de la densidad de los medios de capital depende la productividad,
es decir, la cantidad de producción en relación con la cantidad de trabajo
empleado: un campesino con un arado romano y unos bueyes tardará un día en
labrar un campo que, probablemente, araría en una hora si cuenta con el tractor
o la maquinaria adecuada; igualmente, en un país que cuente con
infraestructuras deficientes, medios de comunicación escasos y una población
mayoritariamente analfabeta, la productividad será mucho menor que en otro que
tenga medios de capital más desarrollados. Una mayor productividad, derivada de
una alta densidad de bienes de capital, redunda en unos precios menores, ya que
productos que antes eran muy costosos de producir, con unos medios de capital
adecuados ven abaratados sus costes medios. Así mismo, tal como se explica en
cualquier manual de economía, la productividad marginal (es decir, la
productividad del último trabajador contratado) determina, los salarios de
equilibrio, de manera que el nivel general de los salarios es mayor en los
países que cuentan con mayor densidad de bienes de capital; es por ello que los
salarios en Alemania, en Suiza o en Holanda son mayores que en España,
Portugal, Irlanda o Grecia, y en estos países mayores que en Marruecos, China o
Nicaragua, y no porque los sindicatos hayan sido más eficaces o las luchas
sociales hayan sido más intensas en unos países que en otros.
El aumento de los bienes de capital puede conseguirse
mediante dos vías no excluyentes: el ahorro y la inversión interior o bien la
inversión exterior. De manera originaria, en los países desarrollados (en
Europa y en algunos países poblados o relacionados con europeos) los bienes de
capital han ido desarrollándose y acumulándose a lo largo de siglos, a partir
de la revolución cientificotécnica que precedió a la Revolución Industrial, en
un constante y progresivo proceso de desarrollo tecnológico, ahorro e
inversión. Este proceso ha sido, en términos generales, paralelo al desarrollo
humano y social en otros terrenos, como los derechos humanos, la democracia y
la libertad, avances que han posibilitado la consolidación de instituciones
sólidas en forma de estados democráticos y de derecho, y de una estabilidad
política y jurídica que ha favorecido el desarrollo económico.
Lamentablemente, esta situación relativamente favorable (y
aun así, sometida a crisis económicas periódicas como la actual) sólo existe en
un número reducido de países. En muchas zonas del mundo existen aún gobiernos
despóticos al servicio de elites corruptas que someten a sus pueblos a la
ignorancia y a la miseria. En otros países, aunque cuenten con regímenes
políticos formalmente democráticos, sus instituciones son aún débiles e inestables
y su nivel de corrupción es alto. En unos y en otros, los medios de capital,
físicos y humanos, son muy escasos o incluso casi inexistentes, debido a que no
han tenido la posibilidad de desarrollarse. Esto origina que su nivel de
riqueza sea bajo y que abunde la pobreza y la miseria. Muchas veces se arguye
como causa del subdesarrollo de los países pobres y de la riqueza de los
desarrollados la explotación imperialista o colonialista; aún debiendo
analizarse y denunciarse todos los abusos e injusticias que históricamente se
hayan producido o puedan producirse, creo que esta explicación no es suficiente
para dar cuenta de la situación real actual: por una parte existen países
muchos países europeos desarrollados que no contaron con imperios coloniales
(Noruega, Suecia, Suiza, Finlandia, Islandia...), y en muchos países del Tercer
Mundo, como muchos de los países árabes o africanos, la dominación colonial fue
de corta duración en términos históricos. Creo, más bien, que la explicación de
la situación actual de unos países y otros está determinada por el distinto
nivel de desarrollo de los bienes de capital fruto de su proximidad o lejanía o
distinta relación histórica con el núcleo donde primeramente se desarrollaron,
de manera paralela, las revoluciones cientificotécnica, industrial y
democrática, y que el futuro de los países pobres depende de la política que
adopten de cara a favorecer el incremento de su capacidad productiva, es decir,
sus bienes de capital.
Por ello, una serie de países (Sudeste asiático, India,
Brasil, incluso China...) han optado de manera decidida por la vía de la
apertura al exterior, tanto en cuanto a la intensificación de los intercambios
comerciales como a la inversión extranjera, y han experimentado un progreso
económico indudable en las últimas décadas. En otros países, esta apertura ha
sido más indecisa, sometida a bandazos en función de las circunstancias
políticas, o incluso no se ha dado, con el consiguiente perjuicio para los
pueblos, que se han visto sumidos en el estancamiento y el atraso, o en la
pobreza generalizada y en la miseria extrema.
En este sentido, la inversión exterior representa un
elemento imprescindible para el desarrollo económico de los países en vías de
desarrollo y para el progresivo aumento del bienestar de sus pueblos. Países
donde el tejido industrial, las infraestructuras, el nivel educativo, el
desarrollo tecnológico, etc., son muy deficientes, tienen una capacidad
productiva muy limitada y no pueden generar por sí mismos, a corto y a medio
plazo, los recursos suficientes para mejorar el nivel de vida de sus habitantes
ni para desarrollar, a través del ahorro interno y de la inversión endógena,
sus propios recursos productivos. Sin inversión exterior, deberían atravesar un
largo período de tiempo en adquisición de conocimientos y tecnología, ahorro y
esfuerzo de inversión para aumentar sus recursos de capital que les
permitiesen, a largo plazo, mejorar su productividad y aumentar su nivel de
vida; es decir, deberían recorrer por sí solos el largo y costoso periplo de
desarrollo que en Europa y otros países desarrollados ha costado siglos. En
cambio, la inversión exterior permite que los países en vías de desarrollo se
aprovechen de nuestros avances tecnológicos, de nuestro capital y de nuestra
experiencia, y puedan recorrer el camino del progreso en un período mucho más
corto que el que nosotros habíamos necesitado.
Cuando una empresa extranjera o una multinacional
invierten en un país, desde luego lo hacen por interés propio y de sus
accionistas, y no actúan como una ONG; su fin es maximizar los beneficios, de
la misma forma que cuando invierten en cualquier parte, o de como actúa la
mayor parte de la gente en el terreno económico. Pero esta inversión se traduce
en el montaje de una fábrica o de unas instalaciones que aumentan el tejido
industrial o las infraestructuras del país; para ello, requerirán la
contratación de mano de obra, y a fin de fidelizar a sus trabajadores más
eficientes, normalmente pagarán salarios más altos que los que ofrecían los escasos
empleos en las manufacturas locales. Desde luego, los salarios y las
condiciones de trabajo no serán, al principio, tan altos ni tan favorables como
los que se ofrecen en los países desarrollados, puesto que la cantidad de mano
de obra disponible es muy numerosa, y por ello la relación entre bienes de
capital y trabajo (de la cual depende la productividad marginal y los salarios)
es baja; pero sin duda, tales condiciones de trabajo y de vida son mejores que
las que tenían cuando la empresa multinacional no existía. Y a medida que la
inversión exterior se extiende y acuden nuevas empresas extranjeras a invertir
al país, el tejido productivo se hace más denso, la relación entre bienes de
capital y trabajo aumenta, y por ello empieza a funcionar la competencia entre
las empresas por conseguir los trabajadores más eficientes, y necesariamente
los salarios aumentan y las condiciones laborales mejoran. Una parte de los
beneficios se reinvertirá en el país, mediante la mejora o ampliación de las
instalaciones o la apertura de nuevas industrias. Por ello, la alternativa a
una multinacional que ofrece salarios escasos y condiciones duras (en
comparación con los estándares de los países ricos) no es que la multinacional
se vaya, sino que acudan otras diez, cien o mil multinacionales más a
enriquecer el tejido industrial y a ofrecer nuevos puestos de trabajo.
Al mismo tiempo, gracias a la inversión exterior
proliferan las industrias locales que ofrecen sus productos y servicios a la
multinacional, y se aprovechan los conocimientos y la tecnología exterior. De
esta manera, se incrementan aún más los bienes de capital físico y humano, y se
posibilita todavía más la mejora de salarios y condiciones de vida; a largo
plazo, éstos se equilibrarán con los de los países desarrollados. Al mismo
tiempo, al haber aumentado la producción en su conjunto, se ofrecen bienes y
servicios inexistentes anteriormente, o de mejor calidad y a un menor coste que
los previamente existentes, y por tanto a un precio más barato. El país en su conjunto
se beneficia de la inversión exterior. Por supuesto, el país originario de la
empresa inversora también se beneficia, a través de la parte de beneficios que
revierten a los inversores y mediante los productos importados a precios más
baratos.
Por todo ello, la inversión exterior permite a los países
en vías de desarrollo captar el capital y la tecnología que les posibilitarán
su progreso económico y tecnológico, como un intercambio que beneficia a ambas
partes. Ello es tan evidente que incluso algunos países de regímenes comunistas
han acudido a la inversión exterior, sobre todo en épocas de carestía y como
último recurso para su desarrollo.
Con estas reflexiones previas, podemos valorar las
acciones de expropiación o nacionalización como profundamente negativas para
los pueblos que sufren a los gobiernos populistas que las ejercen. A pesar de
la retórica “patriótica” que las envuelve, normalmente sirven de coartada
política al gobierno de turno para justificar su ineficiencia o sus problemas
en otros terrenos. Su resultado es que, allí donde había una empresa moderna
dirigida por profesionales y técnicos competentes, que prestaba un servicio de
calidad o proporcionaba unos bienes o productos a la población, nos
encontraremos con una macroestructura estatal dirigida por funcionarios sin
incentivos adecuados, y eventualmente susceptible de caer en los males que
aquejan a este tipo de estructuras: corrupción, nepotismo, despilfarro de
recursos públicos, ineficiencia, ineficacia, etc. Además, dejará de afluir la
tecnología que aportaba la empresa expropiada, y todo ello redundará en un
empeoramiento o incluso desaparición de servicio o bien prestado.
Pero las consecuencias generales para el país no se
limitarán a los de la industria o empresa expropiada. Normalmente, la empresa o
multinacional se encuentra en el país fruto de un acuerdo previo, por compra de
una empresa local que antes era ineficiente, o bien por haber montado nuevas
instalaciones fruto de una política previa de apertura al comercio y a la
inversión exterior; en todos los casos ha habido una inversión o desembolso por
parte de la multinacional, que ahora se pierde. Incluso en el dudoso supuesto
de que se llegase a un acuerdo justo con la empresa en cuanto a indemnización a
pagar, se genera un precedente de cambio de reglas de juego, y una inseguridad
jurídica manifiesta; la expropiación implica una variación en la política de
apertura económica previa. Todo ello desincentiva la inversión exterior: las
empresas exteriores paralizan las inversiones proyectadas o disminuyen las
existentes, y las que pensaban acudir al país desisten de ello; las industrias
locales que habían iniciado su florecimiento decaen o desaparecen. Con ello, se
congela o se reduce la estructura productiva, los salarios se reducen o no
crecen, se pierden puestos de trabajo, las condiciones de vida se estancan, el
país se empobrece y se ciega una magnífica vía para salir de la pobreza.
Por encima de la demagogia, éstas son las consecuencias reales de los actos populistas de expropiación o nacionalización. Las personas que, desde los valores de la izquierda, nos sentimos sensibles y solidarios con el progreso humano y el desarrollo de los pueblos no deberíamos ignorarlas.
viernes, 20 de abril de 2012
El problema no es sólo de Repsol
El problema no es sólo de Repsol. Cuando los argentinos se den cuenta de que no cuentan con tecnología ni recursos para explotar sus pozos, y que de repente se quedan sin energía; cuando se den cuenta de que, habiendo su presidenta violado el principio de seguridad jurídica y el derecho internacional, los inversores exteriores empiezan a no acudir, o incluso a desaparecer de Argentina; cuando se den cuenta de que sin inversión exterior la competencia, la demanda de trabajo y los salarios reales se reducen; cuando se den cuenta de que en lugar de profesionales han colocado al frente de sus empresas más importantes a politicastros corruptos e incompetentes; cuando los organismos internacionales impongan a Argentina una indemnización por el valor real de lo expropiado, que el Estado se niega a pagar, porque sus políticos se han llevado los recursos; cuando ya nadie quiera prestar dinero al estado argentino ni hacer negocios con él; en fin, cuando la sociedad argentina se empobrezca cada vez más por culpa del populismo demagógico, entonces las consecuencias no las sufrirá su presidencia, ni sus políticos; las sufrirá el pueblo argentino. Pero, los políticos no tendrán problema: siempre conservarán lo que se han llevado, y siempre existirá el "imperialismo", el "neoliberalismo", el "colonialismo", los "malditos gallegos" o cualquier otro fantasma para echarle la culpa y eludir los análisis serios y las responsabilidades.
viernes, 2 de marzo de 2012
Rajoy decepciona incluso cuando acierta
En otro giro espectacular respecto a lo prometido, después de haber afirmado hasta la saciedad que España cumpliría sus objetivos de déficit, Rajoy se permite desafiar a la Unión Europea negando todas sus promesas anteriores y afirmando que el objetivo del déficit para 2012 será del 5,8% del PIB, muy lejos del 4,4% comprometido.
Es decir, se imponía la vía de la negociación con nuestros socios, para tomar entre todos las decisiones más convenientes. Sólo agotada la carta de la negociación, y después de que se hubiese comprobado el fracaso de ésta, podría haber tenido justificación el incumplimiento por parte de España, para evitar males mayores. Sin embargo, el gobierno se lanza a una decisión unilateral, sin contar con nadie, en claro desafío a toda la Unión Europea. Con ello, el PP incumple de nuevo sus promesas electorales y sus afirmaciones anteriores (ya lo hizo al aumentar los impuestos) en un nuevo bandazo que compromete nuestra credibilidad de país para cumplir sus compromisos, y nos expone en solitario a los avatares de los mercados, dificultades que podrían provocar un aumento exagerado de la prima de riesgo que mermase nuestra capacidad de financiación en el exterior y agravase aún más la crisis. Ojalá, además de volver a mentir, el gobierno no se haya equivocado.
La decisión, en sí, no puede calificarse de negativa, sino todo lo contrario. El compromiso de déficit del 4,4% se tomó cuando se preveía una cierta recuperación económica que habría permitido ir enjugando el enorme déficit acumulado en los años anteriores; en lugar de ello, la economía ha experimentado un retroceso generalizado en el último trimestre de 2011, lo cual ha originado que el déficit del último año fuese más alto que el inicialmente previsto. En 2012, muchos países prevén una desaceleración que en algunos, como en España, se traducirá sin duda en recesión. En estas condiciones, el cumplimiento del objetivo prefijado hubiera obligado a una profundización de los recortes sociales que hubiera hundido aún más la economía y habría hecho que aumentara aún más de lo previsto el número de parados. Por ello, el mantenimiento del compromiso hubiese sido poco menos que suicida. Muchas voces se han pronunciado en este sentido, y el acierto de la decisión ofrece pocas dudas.
Sin embargo, la forma de tomar esta decisión resulta decepcionante, y puede calificarse de alarmante. La situación de dificultad en el cumplimiento de lo pactado no afecta únicamente a España, sino, como hemos dicho arriba, a muchos países de la Unión Europea. Se ha desaprovechado una magnífica ocasión de introducir un debate de altura en el conjunto de la Unión Europea para evaluar los resultados de la política de austeridad a ultranza seguida hasta ahora, y para valorar la posibilidad de reintroducir incentivos de tipo keynesiano para reactivar la economía; es decir, se ha perdido la oportunidad de convencer a los gobiernos más conservadores de la necesidad de cambiar el rumbo de la política económica seguida hasta ahora. Una decisión consensuada en sentido positivo habría generado confianza y habría permitido ir saliendo conjuntamente de la crisis.
Es decir, se imponía la vía de la negociación con nuestros socios, para tomar entre todos las decisiones más convenientes. Sólo agotada la carta de la negociación, y después de que se hubiese comprobado el fracaso de ésta, podría haber tenido justificación el incumplimiento por parte de España, para evitar males mayores. Sin embargo, el gobierno se lanza a una decisión unilateral, sin contar con nadie, en claro desafío a toda la Unión Europea. Con ello, el PP incumple de nuevo sus promesas electorales y sus afirmaciones anteriores (ya lo hizo al aumentar los impuestos) en un nuevo bandazo que compromete nuestra credibilidad de país para cumplir sus compromisos, y nos expone en solitario a los avatares de los mercados, dificultades que podrían provocar un aumento exagerado de la prima de riesgo que mermase nuestra capacidad de financiación en el exterior y agravase aún más la crisis. Ojalá, además de volver a mentir, el gobierno no se haya equivocado.
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